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Es fácil cerrar los ojos e imaginarse un Škoda Fabia R5 derrapando en alguno de los muchos países del mundo donde compite; 0 ver imágenes del Octavia WRC de principios de la década pasada o incluso recorar a los más modestos Favorit y Felicia Kit Car de hace dos y tres décadas.

Sin embargo, ¿quién diría que la legendaria marca checa por estos días festeja más de un siglo –exactamente una centuria y una década-  de un logro deportivo fenomenal en el ámbito del automovilismo?

A principios del siglo XX, el Rally de los Alpes Austríacos era una prueba durísima por su extensión y por tener que atravesar semejante macizo montañoso. Se convirtió en un desafío para los automovilistas, pero también en una carrera que, además de ser de las primero que fue cobrando tradición y fama en Europa, se extendió en el tiempo por más de 60 años hasta ser un clásico del campeonato continental de Rally.

En aquel tiempo, el primer nombre de la fábrica era Laurin & Klement. Primero, se habían hecho conocer construyendo motocicletas innovativas y luego automóviles en su planta que, como hast ahoy, se encuentra en Mladá Boleslav.

Para demostrar la valía de sus coches en una competencia que no les resultaba tan lejana, el que todavía era un joven equipo Laurin & Klement (data de 1901) decidió anotarse en la edición 1910 del Rally de los Alpes Austríacos, sorprendiendo a todos con una seguidilla que, desde su mismísimo debut, incluyó cinco victoria consecutivas.

La demanda no era menor: unos 900 kilómetros por caminos de tierra y piedra, con un vehículo conducido por el intrépido conde Sascha Kolowrat-Krakowsky. Se largó en la mañana estival del 26 de junio en Viena con dirección a las regiones de Estiria, Carintia y Salzburgo.

Tras tres días de recorrido, 14 de los 23 participantes volvieron a la capital para cruzar la meta. La escuadra bohemia había enviado, en realidad, tres modelos de tipo Turismo con un motor monocilíndrico de 20 caballos de fuerza y un diámetro y compresión de 95×130 mm.

En uno iba al volante el noble Kolowrat-Krakowsky, amante de la locomoción que se venía y fundador de la industria del cine austríaco que descubrió la belleza y el talento de la actriz Marlene Dietrich. Sascha se las ingenió para cumplir con la carrera originalmente denominada Alpenfahrt sin la necesidad de incurrir en un solo punto de penalización (el sistema en vigor, ya que todavía no imperaba la velocidad cronometrada). Los otros dos Laurin & Klement fueron confiados al conde croata Paul Drašković y al Jefe de Ingeniería y Diseño de la firma, Otto Hieronimus, quienes también completaron el compromiso.

El mejor de ellos transitó la última especial de cinco kilómetros cerca Viena a un promedio que sorprendía a todos: 104,98 km/h.